En su recuerdo: Moisés Palatchi Fresco
Texto: Luis Gómez Bello

Diseminados por el mundo, millones de inmigrantes arribaron –y lo siguen haciendo– a diversas comunidades del mundo, en las cuales pasan su vida aportando sus conocimientos, habilidades y destrezas pero, sobre todo, su ejemplar actitud de trabajo fecundo y creador. Tal es el caso del señor Moisés Palatchi Fresco, quien llegó a la ciudad de Veracruz desde su natal Estambul, Turquía, donde vivió hasta cumplir los diez años de edad, para luego emigrar junto con su familia, forzados por la situación que prevalecía en el continente europeo en ese entonces.

Tal como lo había aprendido en su tierra natal, desde que llegó a estas latitudes, y a pesar de su corta edad, enfocó sus energías en trabajar vendiendo ropa como abonero, recorriendo exhaustivamente las calles de Veracruz sin importarle las inclemencias del tiempo, como el intenso calor, los nortes, las lluvias y, en ocasiones, sin probar bocado. De esta forma asumió su actividad como un reto, del cual salió siempre airoso como un triunfador.

Luego de aplicar sus estrategias aprendidas con el ejemplo de sus mayores, don Moisés logró hacerse de un negocio propio en 1949, en el que invirtió sus ahorros ganados a pulso, edificando así la memorable tienda La Fama. En este establecimiento continuó poniendo en práctica una serie de métodos que le dieron el resultado esperado y, por consecuencia, logró un crecimiento en sus ventas tal como lo había planificado.

Conoció a la mujer de sus sueños, Silvia Capón Nehama, con quien contrajo nupcias en 1939 y con la que tuvo la fortuna de edificar una ejemplar familia formada por Ouriel, Sara, León y Salomón, quienes le regalaron a sus diez queridos nietos, a los que les dedicaba su amor y tiempo; de este modo, logró guiarlos sentando así las bases para hacerlos triunfadores en todo lo que se propusieran.

A don Moisés le encantaba viajar por nuestro país y por el mundo. Así, visitaba con frecuencia Tehuacán, Puebla, y también, por supuesto, en muchas ocasiones viajó a diversos lugares de Europa, siempre motivado por su apetito de caminar por territorio paterno. Ciudad a la que llegara, respetuosamente se inclinaba para besar la tierra que tenía la fortuna de pisar.

Con evidente orgullo, vivió varios años en el conocido barrio veracruzano La Huaca, en su domicilio ubicado en la calle Primero de Mayo entre E. Zapata y Manuel Doblado, donde por aquellas épocas siempre fue muy querido y respetado por todos, distinguiéndose por sus características humanitarias y por apoyar a la comunidad. Con el paso de los años, él y su esposa se trasladaron a vivir al fraccionamiento Reforma, en Bermejo entre J. Martí e Isabel la Católica.

Sus hijos lo recuerdan con gran afecto, ya que fue un buen padre quien los educó siempre con el ejemplo: respetar para que te respeten; asumir un comportamiento respetuoso y digno para recibir idéntico trato, algo que asimilaron muy bien sus descendientes, al grado de dirigir sus propias vidas bajo ese lema ejemplar: respetar para que te respeten.

Sus gustos personales distaban mucho de ser elitistas, pues por lo general se reunía con sus amigos para degustar un sabroso café en La Parroquia o partía a realizar su deporte favorito: la natación en el Regatas, lugar que le encantaba visitar a menudo.

Cabe hacer mención que don Moisés fue socio distinguido de la Beneficencia Española; pertenecía, con orgullo, a la Comunidad Judaica Sefardita –en la cual era sumamente respetado–, y formó parte de la masonería en Veracruz. Murió el 23 de junio de 1993, y, por tradición, fue sepultado en la Ciudad de México en donde su comunidad posee su propio panteón. Descanse en paz.



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